La planta maravillas

El jugo de las hojas del cáñamo
tiene propiedades curativas increíbles
y puede aliviar muchos males.

Había dejado de escribir porque estuve enferma.

Estaba hinchada, triste y preocupada.

No podía alejar mi mente de lo que le estaba pasando a mi cuerpo. Cada vez estaba más enferma, deprimida y obsesionada. Poco a poco, fui poniendo mi vida en pausa.

El ataque del riñón

A mediados del 2007 me di cuenta de que tenía los tobillos hinchados. Una amiga médica me dijo que eso no era normal, que le pusiera atención. Empezaron los exámenes. Con los resultados de la biopsia renal me enfrenté con una realidad confusa y un tanto desesperanzadora.

Me diagnosticaron glomerulonefritis membranoproliferativa, una enfermedad renal en la que los glomérulos que cubren el riñón están inflamados y dejan entrar sustancias que lo dañan y filtran elementos que no deberían.

Los resultados de la biopsia no eran concluyentes, pero afirmaban que mi cuadro era compatible con el de un Lupus Tipo IV, el más agresivo de todos. Mi peor síntoma, completamente imperceptible salvo por la espuma que se veía cuando iba al baño, era que eliminaba demasiadas proteínas por la orina.

Los médicos no se ponían de acuerdo ni en la causa ni en la explicación del problema. Fui a varias juntas médicas. Oí frases como: “¿Estos son tus exámenes? Estás tan enferma…”. O la mejor: “Te vas a morir…”.

La mitad de los especialistas me aseguraba que yo tenía Lupus. Los otros, un poco más cautos, afirmaban no estar tan seguros.

Pero todos estaban de acuerdo en que tenía que tomar corticoesteroides o ciclofosfamida, o las dos.  

Nadie me explicaba de manera clara o convincente qué era lo que pasaba con mis riñones.

Durante meses oí a múltiples especialistas discutir sobre posibles diagnósticos y formas de tratamiento, probabilidades de falla renal, y combinaciones idóneas de fármacos y dosis.

Accedí a tomar diuréticos y drogas para controlar la tensión y el colesterol, indicadores que estaban hechos un desastre por el síndrome nefrótico. Los exámenes de laboratorio estaban mal, pero yo me sentía bien. Tenía las defensas bajas y me enfermaba constantemente, pero hasta ahí.

Por más que lo intenté mi cerebro no pudo entender cómo suprimir mi sistema inmunológico —el efecto de los corticoesteroides y la ciclofosfamida— era algo que podía ayudarme.

En teoría, mi sistema inmunológico había decidido que mi riñón era su enemigo. Por eso, me recomendaban suprimir el sistema inmunológico para impedir que siguiera atacando al riñón. Era muy probable que en el proceso destruyera mi hígado, mi sistema nervioso, que atrofiara mi sistema inmune e invadiera de grasa mi cuerpo.  A pesar de los altos riesgos, nada garantizaba que con ese “tratamiento” el riñón funcionara bien.

Los médicos me repetían constantemente que al 50% de los pacientes con mi enfermedad les fallaba el riñón a los 10 años y al 90% a los 20. Ninguno respondía cuando preguntaba cómo sabían que yo no hacia parte del 10%.

Pasé muchas horas leyendo sobre riñones, enfermedades autoinmunes, fármacos, efectos y prognosis. No vi ningún indicio de que los corticoesteroides fueran útiles. Vi sobrada evidencia de que ese es el tratamiento estándar que se sigue ante una enfermedad cómo la mía, pero no vi la utilidad de hacerlo. No es lo mismo hacer algo por costumbre a que se haga porque es realmente efectivo. A estas posibilidades las separa un abismo inmenso.

Cambié mi estilo de vida.

Me volví vegetariana y me enfoqué en llevar una vida más saludable. Con el tiempo, los exámenes de laboratorio empezaron a mejorar. En cuestión de algunos meses mi colesterol llegó a un rango normal, al igual que la tensión, y terminé regalando varias cajas de medicamentos.

Estuve bien durante varios años. Laboratorios y médicos quedaron en el pasado y poco a poco volví a comer de todo.

Crisis

Hace un año me dio algo parecido a una gripa terrible y se me infectaron los riñones. Empecé a hincharme en intervalos irregulares. Volví a los médicos y la rutina que había abandonado encantada, volvía a imponerse de repente.

Empecé un tratamiento alternativo intensivo pero cada vez estaba peor. Los diuréticos por lo general me ayudaban, pero llegó el punto en el que no me servían de mucho. Cada día estaba más hinchada, en más partes y con más tensión.

A finales de octubre estaba desesperada. Sentía entumecido el cuerpo y que la piel se me iba a reventar. A veces la piel de la cara estaba tan tensionada que era prácticamente imposible abrir los ojos. No me aguantaba sentada, no podía estar parada, me pasaba el día cambiándome de posición para evitar que el agua se concentrara demasiado en alguna parte del cuerpo.

Era la mujer plastilina, todo se me quedaba marcado en la piel.

Algunos días cuando me despertaba y veía las bolas que tenía por pies, lloraba sin poder controlarme, sabiendo que al llorar aumentaba la inflamación de la cabeza y la cara. No paraba de preguntarme por qué, no sabía cómo hacer las paces con lo que me estaba pasando.

Trataba de ser positiva, de controlar mi estado de animo y mi mente, pero, aunque unos días eran mejores que otros, estaba verdaderamente atrapada. Atrapada en mis ganas de mejorarme, atrapada en mi obsesión por sentir como antes el cuerpo que siempre había sentido, no el que ahora tenía, incontrolable, extraño, y algunas veces, inaguantable.

Esos días pasaba horas acordándome de cómo se sentía no tener que estar preocupada todo el tiempo, añorando los momentos en los que podía enfocar mi energía en algo más que en sobrevivir.

Sentía que la vida se había puesto en pausa y me agobiaba porque sabía que era un error sentirme así. Lloraba por no tener una mente lo suficientemente fuerte que me ayudara a seguir disfrutando la vida, mi vida, ese tesoro que adoro desde la profundidad de mis entrañas.

En diciembre, sentada en el consultorio de mi nefrólogo —un hombre que siempre me ha oído y respetado— volvimos a hablar sobre los corticoesteroides. Revisamos la evidencia, los resultados de los principales estudios, los de los más recientes, y él con las manos en la cara, tras suspirar un poco y sin que yo pronunciara palabra me dijo: “Es cierto lo que dices, no hay mucho que ofrecerte”.

Sin embargo, tres semanas después cuando volví con los nuevos laboratorios y en compañía de mi mamá me dijo: “No puedes descartar de tajo la opción que siempre has evitado. Yo sé que esas drogas son lo peor, pero tú estás muy joven y tenemos que hacer algo”. Yo sonreí impávida y cuando salimos, sólo atiné a decirle a mi mamá: “Ni lo pienses”.

Llegó la resignación. No me acostumbraba a estar enferma pero empecé a entender que dependía de mí afrontar lo que me estaba pasando con entereza y valentía.

Empecé a estar menos tiempo en los por qués y más en descubrir nuevas posibilidades y alternativas. Después de todo, mi enfermedad también era una oportunidad para aprender. Todos los problemas son oportunidades de aprendizaje, todo lo que vivimos podemos aprovecharlo. Lentamente empecé a tranquilizarme y a buscar alternativas para salir adelante. Estaba dispuesta a considerarlo todo.

Me dediqué a hacer yoga, a cuidar mi alimentación y a hacer lo posible para relajar mi mente. Hice una desintoxicación con una doctora que es internista y especialista en medicina ayurvédica, lo que hizo que me sintiera mejor. Después, decidí alejarme un rato de laboratorios y hospitales.

Y un día, en el momento en el que menos lo estaba esperando, encontré lo que estaba buscando.

El gran momento

El año pasado, investigando para escribir un artículo (Curar con el peor de los venenos), había leído que el cáñamo era uno de los antiinflamatorios y antioxidantes más poderosos que hay en la naturaleza.

Había visto varios casos de enfermos de cáncer, epilépticos y personas que sufrían enfermedades asociadas con la vejez que se habían recuperado usando remedios hechos con esta planta, pero no sabía mucho sobre las técnicas que habían usado para extraer la medicina, ni la forma adecuada de hacerlo.

Hasta que vi el caso de Kristen Peskuski.

A Kristen le diagnosticaron Artritis Reumatoidea Juvenil cuando tenía 16 años y posteriormente Lupus. También sufría de endometriosis (varios médicos le recomendaron que se hiciera una histerectomía), de infecciones recurrentes —duró 20 años tomando antibióticos todos los días— y de diversos problemas asociados a las más de 40 medicinas que se tomaba diariamente. Estuvo 6 años en cama, en los que se estuvo haciendo infiltraciones todos los días para evacuar su cuerpo porque no podía orinar. Kristen estuvo a punto de perder la visión y al borde de la muerte. 

Un día, cansada de vivir en torno a la enfermedad, decidió escaparse de su casa.

Como no tenía dinero para comprar sus drogas, un amigo le dijo que la marihuana podía ayudarla a combatir los dolores.

Empezó a fumar y se dio cuenta de que se sentía mejor y que, cuando fumaba, las infecciones eran menos frecuentes e intensas.

Ahí empezó a leer frenéticamente todo lo que encontraba sobre el cáñamo. Lo que descubrió lo pueden encontrar en su página www.cannabisinternational.org.

Hizo lo que pudo para inundar su cuerpo de cannabinoides pero, en una sociedad como la nuestra, dominada por una absurda legislación internacional sobre drogas, su misión estaba llena de obstáculos.

Finalmente, gracias a la despenalización de la marihuana médica en algunos estados de EE.UU., Kristen se mudó a California para hacer su vida más sencilla, liberarse del estigma y enfrentar sus enfermedades como mejor podía. Y un día conoció al doctor William Courtney, un médico con marcada vocación científica, que había dedicado su vida a estudiar las propiedades del cáñamo.

Fue William quien le explicó que para conservar las propiedades medicinales de la planta es mejor no calentarla.

Cuando el cáñamo está crudo el THC—el cannabinoide psicoactivo de la planta— está en su forma acida: THCa. 600 mg de THCa crudo se convierten en 10mg de THC cuando la planta se calienta. Además, todos los canabinoides, los compuestos que al parecer tienen las mayores propiedades curativas, se conservan intactos en la planta cruda. Así, William le sugirió que, en lugar de fumar, hiciera jugo con las hojas de la mata y lo consumiera a lo largo del día.

A las 6 semanas de estar tomando el jugo, Kristen dejó de sentir dolor y pudo dejar los analgésicos.

Poco a poco fue dejando sus otras medicinas. Hoy, a sus 30 años y después de que toda la su vida había oído que no podría tener hijos, tiene una hermosa bebe, vivaz, saludable y Kristen está mejor que nunca.

¿La mata que mata?

No había ninguna razón para no intentarlo. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Conseguí las semillas y cuando la mata creció lo suficiente, a mediados de abril, empecé a tomarme el jugo de las hojas.

Como en todo, lo mejor es empezar lentamente para que el cuerpo pueda prepararse, acoplarse y descubrir si hay alguna reacción adversa.

La primera semana me tomé cada día lo equivalente a un cubo de hielo pequeño. Semana a semana aumenté la dosis hasta llegar a tomar 15 hojas y 2 flores cada día, lo que recomienda el Dr. Courtney para pacientes crónicos.

Las hojas del cáñamo son muy secas, por lo que lo mejor es lavarlas y dejarlas remojando en agua mínimo media hora.

Crudas no tienen ningún efecto psicoactivo, es como tomarse un jugo de lechuga.

El jugo se puede hacer en un extractor o en una licuadora poderosa. Yo lo mezclo con pepino, jengibre y zanahoria. El sabor es un poco picante, pero a mi me gusta. Lo guardo en un frasco de vidrio bien cerrado en la nevera y me lo tomo en pequeños sorbos a lo largo del día. Hace poco decidí experimentar y comerme la pulpa que queda en el extractor. Todos los días me como dos cucharadas. A veces me lo como directamente y a veces lo mezclo con la ensalada.

Empecé a mejorar gradualmente y desde hace algunos días estoy perfecta. Y eso que tuve que dejar mi jugo por 5 días, por un viaje que hice a principios de mes. 

No tengo nada inflamado, ¡nada! Puedo saltar y correr, sentarme con las piernas cruzadas al frente del computador para escribir, manejar tranquilamente, pensar en cosas diferentes; puedo hacer lo que quiero hacer. Estoy dichosa.

Hay tantas personas que están tan enfermas, resignadas con sus dolencias o esperando salir vivos de su próxima sesión de quimioterapia. Y para algunos la solución puede ser algo tan sencillo como hacer un jugo o una ensalada.

Esto que leen es una parte de mi historia. Les dejo las historias de otros, con las referencias e información científica relacionada, para que puedan ver que ya son demasiados casos, demasiadas recuperaciones, demasiadas muestras de que podemos volver a estar saludables y radiantes (Verde de vida). 

Lo bueno de estar enfermo es que cuando sales adelante todo tiene un sabor más intenso.

Benditas sean las hojas verdes, bendita esa planta maravillosa que crece silvestre en nuestros campos y bosques, esa planta protectora que tiene la facultad de restablecer el balance de nuestros cuerpos, de renovar nuestros órganos y de proteger nuestro cerebro. Esa planta que nuestro gobierno y medios de comunicación difaman como la mata que mata. Esa planta, esa gran obra de la naturaleza que calladamente sigue ahí, ayudándonos y aportándonos amorosamente lo que necesitamos.

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