Las armas no matan solas

Pedir más controles de armas es negarse a
escudriñar las verdaderas causas de las masacres.

¿Qué implica el control de armas?

Es un tema que desde hace poco parece preocupar a todos, tanto que Colombia liderará ante la ONU una nueva política de control de armas

Pero, ¿qué es lo bueno de incrementar esos controles, que tantos piden y reclaman?

Por un lado, más controles de armas significa que el Estado va a crecer, creando un organismo de control adicional que supervise a las empresas armamentistas y sus clientes para“garantizar” que el intercambio de armas por dinero se haga de manera legal. No significa que vaya a haber menos armas disponibles en el mercado.

Más controles de armas entorpecen pero no eliminan la posibilidad de adquirir armas por la vía legal. Este entorpecimiento lleva a los que quieren un arma directamente al mercado negro.

Como las armas sirven para cazar, defenderse y alimentar las guerras que han enriquecido a los traficantes en el último siglo, hay poco interés en eliminarlas.

Aunque por arte de magia dejaran de fabricarse, tenemos suficientes como para saber que no van a desaparecer.

Más controles significan más regulación, más leyes, más burocracia, más obstáculos, más clientes y dinero para el mercado negro pero no, desde ningún punto de vista, menos armas. 

Si es verdad que menos armas significan menos muertos ¿por qué se pide que los gobiernos aumenten los controles y no que los productores reduzcan la cantidad que fabrican?

Si pedimos que los gobiernos controlen las armas estamos aceptando que como adultos no tenemos ninguna capacidad para decidir si queremos o no aprender a cazar, si deberíamos o no aprender a usar una escopeta, si sería o no una buena idea tener un revolver en la caja fuerte de la finca.

Asumimos y aceptamos que existe un tipo especial de ser humano que se llama funcionario público que puede decidir con certeza, con conciencia, mejor que nosotros, lo que es bueno para todos y que en manos de ellos las armas no son amenazas sino alivio.

El control de armas está en boga desde la masacre que en diciembre desgarró a la escuela Sandy Hook de Newtown, EE.UU. Fue un acto depredador en el que murieron 6 adultos y 20 niños.

Se dice que Adam Lanza –un chico solitario que los que conocían recuerdan como muy inteligente y aislado pero no como agresivo– mató sin titubear a su madre y a los niños.

Se ha dicho que la culpa es de la madre por haber coleccionado armas.

Se ha dicho que prohibir coleccionistas impedirá que pase nuevamente, que detendrá la barbarie.

No sé si alguien haya dicho que reclamar más controles de armas es una forma de negarse a escudriñar los verdaderos motivos. Así pretendemos que nada está mal con nosotros, que son ellas, las armas, las que nos arrastran a los mundos dañinos.

Visto de otra forma, si son los fusiles los que obligan a matar a las personas ¿no estaríamos condenando a la desgracia a los que legalmente pueden disponer de ellas?

Siendo consecuentes estaríamos pensando que únicamente serán los hijos de los funcionarios públicos los que un día cualquiera se van a levantar, van a matar de un tiro en la cara a su mamá, van a salir al colegio más cercano a matar inocentes niños de 6 años, y solamente ellos se van a suicidar después de perpetrar semejante acto de locura y de maldad.

¿Muy crudo?

Esa es la realidad que además de horrorizarnos debería obligarnos a pensar en el trasfondo, en los detalles, en las repercusiones que tiene, si es verdad, lo que damos por hecho.

Al pensar que el control de armas es un antídoto capaz de prevenir tragedias olvidamos que las armas no tienen deseos ni voluntad, no pueden elegir ni agredir; esas son cualidades de las personas, no de los ametralladoras. 

Puedo estar en el mismo cuarto con 300 rifles y salir indemne. También puedo matar a alguien sin tener más ayuda que mis dedos.

¿Deberíamos pedir entonces mayores controles para los dedos?

Podemos engañarnos y pensar que son las armas las que matan gente y que los artífices del caos no somos nosotros sino los artefactos. Pero que lo pensemos no lo vuelve realidad, ni arregla en nada la que tenemos.

Debemos dejar de confiar en los gobiernos y empezar a creer más en nosotros mismos, en nuestras capacidades y en nuestro juicio. Nadie va a sufrir más que nosotros por lo que hayamos perdido. 

La solidaridad con los nuestros, la hermandad, el verdadero patriotismo, no consiste en seguir o extender los mandatos de un gobierno bandido; consiste en defender lo propio y decir ¡basta! cuando los demás se han excedido.

Nunca me han gustado las armas; siento que ahogan, que intimidan. Sueño con que nunca llegue el día en que comprar un arma sea, para mí, una opción o una salida. Espero, porque por más miedo que les tenga, por más que representen brutalidad y agonía, no sé si algún día voy a temer por los míos y mi vida, al punto que llegue a preguntarme si yo… tal vez… para defenderme… debería… O si a lo mejor para estar tranquila, debería llamar a la escolta estatal, controlada y autorizada que protegió a Luis Carlos Galán, hace tiempo, en otros días.

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