Carta a una amiga

¡Hola! ¡Me encanta saber de ti Cami! La verdad es que se nota que estás muy feliz en tu nuevo rol y estoy segura de que Luciana debe ser el regalo más lindo y maravilloso del planeta. Es una renacuaja preciosa y sé que te llenará de alegría y aventuras.

Sobre las vacunas, te voy a contar la historia para que entiendas mejor mi interés por el asunto.

Obviamente, como todo en la vida, es una decisión personal pero yo, desde mi corazón, te sugiero que no le pongas una sola vacuna más a Luciana hasta que no investigues profundamente y llegues a tus propias conclusiones.

Te lo digo por todo lo que sé en este momento y porque la teoría de que la introducción de anticuerpos externos es un mecanismo eficiente de protección —en la que se sostiene toda la idea de las vacunas— es indefendible científicamente hablando. Pero bueno, empecemos.

Yo no sé si tú te acuerdas que yo tengo una enfermedad en los riñones, que es bastante seria. He estado muy grave en dos ocasiones y la última gran crisis la tuve desde mediados del 2013 hasta mediados del 2014. Estuve muy mal. Mal. Pensé que me iba a morir. Horrible.

Estar enferma me ha llevado a conocer muy bien las dinámicas de los hospitales, de los diferentes médicos, de los diagnósticos y de varias cosas que se les escapan a los que han tenido la dicha de tener una vida saludable. Además, yo siempre he sido una geek, he investigado todo mucho y más todo lo que tiene que ver conmigo.

Cuando me hicieron la biopsia renal empecé a leer como una posesa todo lo que tenía que ver con enfermedades auto-inmunes, especialmente lo relacionado con lo que me pasaba a mí. NADA era claro. NADA. Yo les preguntaba a los médicos qué pasaba, por qué mis riñones funcionaban así, qué podía explicar la enfermedad que tenía y la única respuesta que obtuve fue que yo tenía mala suerte. Eso fue todo.

La mayoría decía que era Lupus, pero a mí no me cuadraba, y tampoco terminaba de entender en qué consistía esa enfermedad y por qué se trataba de la forma en que se hacia. Los médicos nunca se podían de acuerdo, peleaban entre ellos, cada uno alegaba su propia teoría, y yo miraba aturdida. Viví momentos muy duros: tuve que enfrentarme a juntas médicas que machacaban mis esperanzas, en las que nadie me explicaba nada, porque el tiempo lo gastaban discutiendo entre ellos, apostando por mi esperanza de vida y diseñando la mejor combinación de remedios que podían darme antes que se acabara.

Lo único en lo que todos estaban de acuerdo era en que yo tenía que empezar inmediatamente un tratamiento con corticoesteroides y ciclofosfamida. Yo salía destrozada. Yo había leído demasiados estudios al respecto y sabía que los efectos de esos “remedios” eran terribles.

Nunca pude entender cómo sustancias que tenían efectos tan destructores para el organismo —destrucción del sistema inmunológico, destrucción del hígado, grasa corporal incontrolable, cambios intempestivos en el temperamento, insomnio, acné, por nombrar unos pocos— podían ayudarme en algo, por lo que me negué a tomarlos.

Eso les parecía increíble a los médicos. No podían creer que yo no les hiciera caso. Su método para persuadirme fue amenazarme y decirme que yo era lo más estúpido e irresponsable que habían conocido. Fue una experiencia muy desagradable porque estaba enfrentando todo lo que significa que te digan que tienes una enfermedad letal mientras lidiaba con el sadismo de las juntas médicas, que me hacían sentir sumamente vulnerable. Tenía mucho miedo.

Finalmente decidí intentar con medicina alternativa y todo cambió. Empecé a mejorar gradualmente y estuve bien y muy estable hasta el 2013.

Esa fue la primera pista que tuve de la falta de solidez y claridad sobre la “ciencia dura” de la medicina, pero estaba muy confundida. Yo sabía que nada me parecía convincente y que la mayoría de alópatas eran unos bastardos arrogantes, pero hasta ahí. Estaba concentrada en mejorarme.

Algunos años después mi mamá estuvo deprimida porque llevaba un par de años sin dormir nada. Nada. Dormía un par de horas como mucho, cuando le iba bien. Te podrás imaginar lo que eso le hace a una persona. Buscando, buscando, terminó donde uno de los mejores psiquiatras.

El tipo la puso en Prozac y Xanax, y al principio, como esas drogas ponen a dormir, mi mamá empezó a mejorar. Pero después, (si te interesa la historia completa yo escribí un artículo sobre eso que se llama Viaje al fondo del infierno), le dobló las dosis y mi mamá estuvo a punto de suicidarse. Investigando descubrí que todos los impulsos autodestructivos y violentos eran el efecto de las drogas y gracias a eso mi mamá se salvó. Fue un proceso durísimo pero ella ahora está perfecta.

Ahí comprendí que la cuestión médica era un asunto que necesitaba investigar a cabalidad, que yo necesitaba estudiar de qué se trataba todo eso, porque era un asunto que trascendía los errores, las buenas intenciones y los casos aislados.

Yo había estudiado durante algunos años el rol de la medicina dentro del orden social, por mi obsesión con el tema de las drogas ilegales (fueron los médicos los que inventaron el andamiaje “científico” sobre el que se apoyó la Prohibición de alcohol y drogas, a cambio de que les entregaran el monopolio legal de las terapias), pero lo había estudiado con referencia al pasado y, por ingenuidad, y también por todas las manipulaciones a las que estamos sometidos, no había terminado de hilar mi precario aunque incisivo conocimiento del tema con los fenómenos actuales.

Paralelamente, unos pocos años antes, descubrí la Escuela Austriaca de Economía y, después de una carrera universitaria frustrada como economista, pude entender por qué la libertad es la base de todo y cómo se manifiesta en las relaciones humanas. Entendí las bases del libre mercado, los efectos que tienen, por qué se atacan, quiénes se benefician y quiénes pierden con la libertad, quiénes se benefician y quiénes pierden con la intervención del Estado en la economía, las causas de los monopolios, las implicaciones de los mismos y las múltiples ramificaciones (muy perjudiciales desde mi punto de vista) que se generan al convertir LA SALUD en una política de Estado.

El estudio de la economía, que no es otra cosa que el estudio de la acción humana, es fundamental para entender las interacciones entre las personas y los efectos de los incentivos. Si yo no le hubiera dedicado tanto tiempo a estudiar este campo estoy segura de que no hubiera podido llegar a entender lo que pasa con la Medicina.

Con lo de mi mamá estuve un muy buen tiempo dedicada a investigar la Psiquiatría, sus drogas, sus métodos y su ciencia y lo que descubrí es terriblemente grotesco. Hitler es un alma de Dios al lado de muchos psiquiatras. Lo uno llevó a lo otro y empecé a investigar el cáncer, la alimentación, los GMOs (la “comida” que venden en el supermercado) el Sida, la propaganda, las técnicas de control mental (mecanismos para hipnotizar y someter a la población) y bueno, una cantidad de temas que como verás, no tienen nada que ver con lo que uno aprende en la universidad o con lo que tocan los medios de comunicación.

Siento si te parece que te estoy metiendo en una historia muy larga, pero quiero que de verdad entiendas el por qué digo lo que digo y el por qué de lo que te voy a recomendar.

Ahí, entre todo eso, siempre aparecían artículos sobre vacunas. Empecé a indagar en el asunto, suavemente, sin sumergirme, porque yo no estaba pensando en tener hijos y con las 10 investigaciones paralelas que estaba haciendo, ese tema podía esperar.

Me convencí, sin embargo, de que yo no me iba a dejar tocar nunca más con una aguja y que si llegaba a tener hijos no les iba a poner ninguna, pero no indagué hasta el fondo. Cuando mis amigas empezaron a tener hijos les pregunté ellas qué sabían al respecto, les mandé algunos artículos, pero todas confiaban en el criterio del pediatra y como yo no sabía tanto, lo dejé así, aunque intentaba persuadirlas para que investigaran sobre el tema. NO es nada fácil.

Me vine a vivir a España y llegando conocí dos casos horribles, una muerte y un daño cerebral irreversible de dos chiquitines. Una cosa es saber que hay gato encerrado y otra muy diferente que te muestren el cadáver. Ahí empecé a investigar como una loca.

No sabría como describirte lo que fueron esos meses para mi. Estaba furiosa, colérica, incrédula; no podía creer que fuera cierto lo que estaba viendo, me negaba a aceptar lo que mis ojos y mi mente me estaban mostrando.

Leí cientos de artículos, docenas de libros, vi varios documentales, presentaciones, entrevistas, leí libros de inmunología, me sumergí en las teorías de la enfermedad, estudié la teoría de los anticuerpos, en fin, no hacía otra cosa. Fue un periodo frenético y muy muy muy muy muy turbulento. Lloraba todos los días. Algunas veces me despertaba llorando.

Es un tema depredador que te carcome las entrañas y te arrastra por abismos de sevicia, sadismo y crueldad extrema. No es fácil enfrentarse a ese panorama. No es fácil ver lo que algunas personas pueden hacerle a otras. Es desgarrador ver tantas vidas destruidas, tanto dolor y tanto sufrimiento, condimentado con dosis de indiferencia, arrogancia e ignorancia.

Empecé a contarle lo que estaba descubriendo a mi esposo y siempre me agarraba con él. Con mi mamá me pasaba lo mismo. Es muy difícil aceptar que hemos creído durante toda nuestra vida tantas mentiras. Es muy difícil pensar que los médicos, esos que juran  “TO DO NOT HARM”, pueden hacer tanto daño. No digo que sea intencional, pero que la mayoría no tenga la intención no elimina el daño que están haciendo.

Mientras seguía inquiriendo, llegué a las investigaciones que se han hecho sobre intoxicación por mercurio y aluminio. Me leí los estudios, hechos en su gran mayoría por nefrólogos (los del riñón), porque el aluminio ataca ferozmente este órgano. Cuando los leí lloré de asco y de rabia. Era como leer los resultados de mi biopsia renal. Tal cual.

Una vez superado el impacto, seguí investigando. La vacuna del Virus del Papiloma Humano tiene unas dosis de aluminio mortales. Yo me enfermé pocos meses después de que me pusieran esa vacuna. Estuve hospitalizada muy mal durante dos semanas y todo lo que me dijeron fue que era un estreptococo. Ahí empezó mi calvario.

Después de la crisis del 2014 me mejoré tomando jugo de las hojas de marihuana, haciéndome terapias de ozono (inyectándome ozono en el organismo con diferentes métodos) y siendo radical con mi dieta (sólo como comida orgánica).

Con el tiempo aprendí que, además de todas las propiedades maravillosas que tiene, la marihuana es una planta que ayuda a remover los metales tóxicos del organismo, al igual que el ozono. Por eso me habían dado tan buen resultado. El yodo, la sal rosada del Himalaya, la cúrcuma, la sábila y el jengibre también son grandes aliados. El yoga también me ha ayudado muchísimo.

Lo bueno es que cuando descubres la causa de algo puedes encontrar la forma de remediarlo.

Ninguno de los 10.000.000.000 médicos que me han visto en estos años mencionó jamás la posibilidad de una intoxicación por aluminio y mercurio. Pero afortunadamente descubrí qué era lo que le pasaba a mis riñones.

Cada vez estoy mejor; cada día me siento más fuerte, más enérgica, más viva.

Todas las vacunas tienen aluminio, todas las que llegan a Colombia tienen timerosal (mercurio), todas tienen formaldehído y tejido fetal abortado, glutamato monosódico, latex y aceite de maní (por eso es que ahora todo el mundo es alérgico al maní).

Simplemente tienes que leer los prospectos que vienen dentro de las vacunas (la información sobre el medicamento) en los que dicen los ingredientes, los efectos adversos, y el nivel de estudios que tienen. Ninguna se ha probado en mujeres embarazadas, ninguna se ha estudiado para infertilidad, ninguna se ha estudiado para cáncer, entre muchas otras maravillas que puedes leer en esos papelitos que uno nunca lee.

Mi conclusión de todo lo que sé es que TODAS las vacunas generan problemas. Ninguna se necesita. La ciencia es contundente en este sentido.

Hay cientos de médicos que han trabajado para que conozcamos los riesgos de las vacunas, sus falencias, el por qué generan tantos daños, el por qué han matado a tantas personas, el por qué la era de las enfermedades autoinmunes coincide plenamente con la era de las vacunas, y bueno, mil cosas más de las que te irás enterando si quieres profundizar en este tema. Si no nos hemos enterado de su existencia es porque el control de la información es una forma muy poderosa de controlar a la gente. ¿Te leíste 1984?

Pero que no sepamos que ellos existen no significa que no existan. Cientos han dado sus vidas por enfrentarse a la industria farmacéutica y a los tenebrosos criminales que la controlan. ¿Alguna vez te has preguntado a donde fueron a parar todos los científicos y propagandistas que trabajaron para los Nazis?

Yo te diría que leas los artículos que he escrito este año, porque hablan sobre la medicina desde ángulos diferentes y te permiten entender varias aristas que no son nada evidentes.

También te diría que no te preocupes por las vacunas que ya le pusiste a Luciana, pues si algo he aprendido es que los humanos tenemos una capacidad para sanar extraordinaria y que el amor y el poder de la mente son superiores a todo.

Cuídate mucho tú en lo que comes porque tú eres la fuente de alimentación de tu hija. Aliméntala con tú leche por todo el tiempo que puedas y no le des leches de tarro. Cuando le empieces a dar comida, que sea lo más natural posible, nada de dulces ni de cosas con colorantes y químicos, y evita todo lo que tenga gluten y leche. Yo sé que puede sonar extremo pero, al final, lo único importante es que tu chiquitina esté bien.

Podrías plantar una mata de marihuana (o varias) para que vayan creciendo y, cuando Luciana esté un poquito más grande, puedes empezar a darle shots de jugo de marihuana para que la ayuden a remover los metales de las vacunas que ya le pusiste. La marihuana, además, tiene un poder nutricional incomparable. Es una proteína completa, tiene todos los aminoácidos esenciales, en fin, es mágica.

Te recomiendo encarecidamente que veas el documental que te mandé hace unos meses. Prepárate porque es muy duro, pero míralo. Está en inglés. No sé como sea tu inglés pero vale la pena que te esfuerces por entenderlo, aunque tengas que verlo varias veces. Es vital que veas lo que muestran ahí. Y es vital que encuentres una forma de desfogar lo que vas a recibir porque te va a pasar la factura.

A mi me costó lágrimas y dolor asfixiante pero también me llevó a descubrir la causa real de mi enfermedad y, con eso, la forma de sanarme de raíz. Unas por otras.

Sé que es una carta larga, pero quería contarte el contexto de las investigaciones que estoy haciendo, para que veas que es algo que va mucho más allá y las razones personales que tengo. Sé que tú vas a saber valorar lo que te estoy diciendo, que tienes la capacidad para entender y el coraje en el corazón para indagar.

Sobra decir que puedes preguntarme todo lo que quieras, todas las veces que quieras.

Te mando un abrazo muy grande, te deseo toda la imaginación del mundo para que puedas gozarte al máximo la gran aventura en la que te has embarcado que, estoy segura, te hará muy dichosa. Un beso enorme para tu princesa linda.


Créditos imagen: Copyright: <a href='http://www.123rf.com/profile_shaiith'>shaiith / 123RF Stock Photo</a>

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