El caso contra el VIH

Margaret Heckler, secretaria de salud de Reagan, 
y Robert Gallo, en la rueda de prensa del 23 de
abril de 1984 en la que anunciaron que Gallo
había descubierto el VIH. 
Fuente: whale.to

Era una mañana radiante.

Era uno de esos raros días en Bogotá en los que no había nubes en el cielo. Caminando por una ciudad que irradiaba calidez pensé en lo diferentes que podían ser el mundo interior y el exterior.

Subí las escaleras con determinación y entré al laboratorio. Aunque lo conocía muy bien —había pasado en él suficientes horas durante el año anterior— ese día lo veía diferente.

Ya no era un laboratorio sino un Oráculo de Delfos antiséptico en el que iba a decidirse mi destino. 

Oí mi nombre, entré al consultorio y vi en las manos de la doctora el papel por el que había acudido: los resultados de la prueba Elisa.

El veredicto ya estaba.

Aunque no pertenecía a ninguno de los grupos de riesgo, una extraña enfermedad que nadie podía diagnosticar con certeza me había sumergido en cientos de pruebas, exámenes y laboratorios. Los últimos meses me habían mostrado lo que era ser un conejillo de indias en todo su esplendor. Y la prueba Elisa, una de las que se usa para saber si alguien es VIH positivo, terminó incluida en el menú. Nadie sabía qué era lo que tenía pero parecía una enfermedad autoinmune y había que descartarlo todo.

En ese momento sabía lo que “todo el mundo sabe” sobre el VIH/SIDA. Se dice que el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) es la causa del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA). El VIH ataca el sistema inmunológico de las personas, debilitándolo, comprometiéndolo, y finalmente, tornándolo inservible.

Las personas con VIH terminan muriendo, no por la infección de VIH en sí, sino por diversas enfermedades. Como el VIH destruye el sistema inmunológico —que es el principal mecanismo de defensa con el que contamos los individuos— cualquier germen o bacteria se torna mortal en las personas inmunosuprimidas, gérmenes que no afectan a las personas saludables porque en ellas su sistema inmunológico está preparado para combatirlos y deshacerse de ellos fácilmente. Sabía que como el VIH tiene un efecto tan peligroso, se considera letal en prácticamente todos los casos. Que sin tratamiento las personas con VIH están condenadas a morir. 

También sabía que la prueba Elisa era una prueba indirecta muy precisa que medía el nivel de anticuerpos en la sangre y que, si resultaba positiva, se usaba el Western Blot que media de manera directa la presencia del virus en el organismo.  

Repitiéndome que un resultado positivo no era 100% concluyente me senté al frente de la doctora y esperé el veredicto. Me dijo varias cosas pero yo no oí nada; estaba concentrada en una única palabra.

“Negativo”  —me dijo—. “Te felicito”. Salté y me dieron ganas de abrazarla. Me demoré en darme cuenta de que llevaba algunos minutos sin respirar. Salí feliz. Todavía no sabía qué tenía pero sí una buena noticia: la certeza de que no era SIDA.

Me acuerdo que desde muy pequeña vi y oí diversas campañas para alertar sobre el VIH y otras enfermedades venéreas. Por televisión los pollitos nos recordaban que: “Sin preservativo ni pío”  y en la radio sonaba: “Me arde, me arde, tal vez ya sea muy tarde… Puedo quedarme ciego, quizás impotente, seguramente estéril, volverme un demente. Me arde, me arde…”.

Me habían enseñado que esas enfermedades se transmitían por contacto sexual o sanguíneo y yo había sido cuidadosa. Pero el último año había visitado demasiados laboratorios y mis brazos parecían los de una heroinómana con todos los pinchazos. Aunque no tenía razones para preocuparme una voz lejana me repetía: “uno nunca sabe” y ese “uno nunca sabe” se convirtió en una amenaza tangible en las horas anteriores a la entrega del resultado.

Durante esas horas volvieron a mi todas las historias que había leído del tipo: Pepita Pérez, la enfermera de gran corazón que murió por complicaciones generadas por el VIH, un virus que adquirió esa vez en la que un niño con la cabeza rota entró a su sala de urgencias y su instinto la llevó a socorrerlo sin ponerse los guantes, ignorando las pequeñas heridas que se había hecho esa mañana con las rosas que le había regalado su marido. O el caso de Mengano Rodríguez, un ciudadano ejemplar que en una transfusión recibió sangre contaminada y así empezó el fin de sus días.

Y lo cierto era que yo no podía acordarme si absolutamente todas las veces había visto abrir ante mis ojos los empaques de las agujas que habrían de atravesarme.

La paranoia puede ser asfixiante y aniquiladora y en medio de laboratorios, juntas médicas y diagnósticos inconclusos se dispara sin piedad. Pero una sola palabra, “negativo”, había logrado arrebatarme de las garras del miedo. Era libre otra vez.

Evidentemente, en ese momento ignoraba que las pruebas relacionadas con el VIH son altamente ineficientes y contradictorias, que están llenas de falsos positivos, que por cada resultado “acertado” hay NUEVE incorrectos en las pruebas Elisa y que las Western Blot presentan inconsistencias iguales o peores a las de las pruebas indirectas.

Ignoraba también que nadie ha demostrado jamás que el VIH genere el SIDA, entre muchas otras cosas porque nadie ha demostrado que el VIH exista (y si todavía no sabemos si existe, ¿cómo es que existen pruebas para diagnosticarlo?) y que a lo que se le da el nombre de VIH es un “retrovirus” que tiene la asombrosa facultad de no enfermar a nadie.

No sabía quienes eran Robert Gallo ni Luc Montagnier. No había leído las investigaciones que en 1984 los lanzaron al estrellato y que son un testimonio flamante sobre la frigidez mental e incompetencia que agobia a tantos de los que hoy reconocemos como las autoridades científicas de nuestra era.

Tampoco había descubierto el trabajo de Jon Rappoport, el extraordinario investigador que destapó la ignominiosa patraña del SIDA con su libro AIDS Inc: Scandal of the Century (SIDA S.A.: el escándalo del siglo); ni sabía de la existencia de Peter Deusberg, ese genio castigado por atreverse a contrariar abiertamente y con argumentos irrefutables la versión oficial de que el VIH causa el SIDA; ni conocía a Kary Mullis, el Nobel de química que junto a Deusberg ha trabajado para alertar sobre las destructoras grietas del paradigma del SIDA; ni había leído el trabajo de la Dr. Eleni Papadopulos-Eleopulos, la biofísica médica líder del Grupo de Perth (Australia) que se ha dedicado a cuestionar la hipótesis del VIH/SIDA.

Obviamente ignoraba completamente la existencia y el trabajo de estos personajes. Si lo hubiera conocido, jamás hubiera accedido a someterme a una prueba sobre el VIH.

Aunque las pruebas sean completamente defectuosas e irreales, el efecto que tienen sus veredictos SI es completamente real. Pueden preguntarle a cualquiera que esté recorriendo el calvario lo que significa ser VIH positivo.

Ahora, no estoy diciendo que no existan personas con el sistema inmunológico parcial o totalmente destruido. La inmunosupresión es un problema extremadamente serio porque la vida depende de la inmunidad.

Un sistema inmunológico fuerte y saludable depende esencialmente de una buena nutrición, de la pureza del ambiente en el que nos desenvolvemos y de hacer ejercicio con regularidad.

La desnutrición es inmunosupresora. Las drogas químicas recreacionales también lo son. Las drogas legales como la quimioterapia, los inhibidores de proteasa y los terminadores de cadena de ADN (drogas con las que se “trata” el SIDA), los cortico-esteroides y las vacunas son inmunosupresoras en grado superlativo. La fluorización del agua “potable” que tomamos también lo es. La “comida” que compramos en el supermercado, altamente modificada, llena de químicos tóxicos como el glifosato y organismos genéticamente modificados (GMO), también lo es. La radiación de los equipos electrónicos también lo es. Y estos son sólo unos de los factores inmunosupresores a los que nos enfrentamos constantemente.

Es innegable que nadamos en agentes inmunosupresores. Pero de ahí a decir que el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida depende de un virus conocido como el VIH hay un gran trecho.


Esta es la introducción a una serie de artículos que estoy escribiendo sobre el VIH/SIDA. Es un tema complejo y fascinante que tiene demasiada tela de donde cortar. Por eso decidí dividir la historia en varios artículos.

Les dejo algunas referencias para los que quieran investigar por cuenta propia.

LIBROS RECOMENDADOS:

Jon Rappoport, AIDS Inc: Scandal of the century (SIDA S.A.: escándalo del siglo).

Peter H. Duesberg, Inventing the AIDS virus (Inventando el virus del SIDA)

Henry H. Bauer, The Origin, Persistence and Failing of the AIDS Theory (El origen, la persistencia y la caída de la teoría del SIDA).

PÁGINAS WEB:

http://duesberg.com/

La página de Peter Duesberg.

http://www.theperthgroup.com/

La página del Grupo de Perth liderado por Eleni Papadopulos-Eleopulos que incluye al colombiano Helman Alfonso.

http://www.rethinkingaids.com/

La página de Repensando el SIDA: el grupo para la reevaluación científica de la hipótesis del VIH/SIDA

http://www.virusmyth.com/aids/

Este portal incluye más de 500 páginas web, así como más de 300 artículos científicos e investigativos sobre la controversia del SIDA. Reúne el trabajo de los disidentes principales, así como información en distintos idiomas.

https://hivskeptic.wordpress.com/

Escéptico del VIH. El blog de Henry H. Bauer

DOCUMENTALES

La ciencia del pánico EN ESPAÑOL

House of numbers (Casa de números) 

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