Vacunas: el temible ritual de la aguja

Las vacunas son una escalofriante ruleta rusa. 

Si nos detenemos a pensar un momento, ¿realmente qué sabemos sobre las vacunas? ¿Cómo lo sabemos?

¿Hemos invertido tiempo en leer y analizar diligentemente los artículos que se publican en las prestigiosas e irrefutables revistas científicas? ¿Hemos revisado los estudios de seguridad? ¿Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que las vacunas son esos promisorios focos de inmunidad? 

¿Qué pasa si no son efectivas, si realmente no previenen, ni inmunizan, ni ayudan a que llevemos una vida mejor? ¿Cuál es el precio que pagamos si estamos equivocados?

Más aún, ¿qué contiene una vacuna? Saben los padres cuáles son los componentes de ese líquido viscoso que entra directamente al interior del cuerpo de su bebé? ¿Es sensato meterles, en el momento que salen del útero, combinaciones de sustancias biológicas que incluyen potentes virus mezclados con mercurio y aluminio, metales neurotóxicos y altamente corrosivos, que al inyectarse entran directamente al torrente sanguíneo, sin barreras de tipo alguno?

¿Cuando inyectamos a nuestros bebés con combinaciones de sustancias tóxicas, no estamos corriendo un riesgo demasiado grande? Ellos no pueden decir nada, no tienen los medios para expresarse, no pueden explicarnos lo que sienten, no pueden transmitir lo que era el antes y cómo difiere del ahora.

La realidad es que las vacunas pueden causar, y han causado, mucho daño. Daño neurológico. Daño cerebral.

Lo que hoy conocemos como autismo es un eufemismo, cobarde y brutal, para el daño cerebral causado por las vacunas. (En este link pueden ver el significado de autismo).

Las vacunas no sólo pueden dañar el cerebro. También se ha demostrado que destruyen el sistema inmunológico, que laceran los intestinos y que intoxican el organismo en general, corroyendo el cuerpo de las personas y atrofiando el de los recién nacidos. En algunos casos son directamente letales. En varios casos se ha visto que una inyección es suficiente para matar.

(Ver documental: Silent Epidemic: The Untold Story of Vaccines (La epidemia silenciosa: la historia no contada de las vacunas)).

“No, no, no” —oigo que dicen los escépticos— “si eso fuera así lo sabríamos, los medios de comunicación lo hubieran publicado, nuestros doctores de confianza nos lo dirían”.

La verdad no. Lamento desilusionarlos pero la función de los grandes medios de comunicación es desinformar y mantener atemorizada a la población. Epidemias, violencia, ataques terroristas, corrupción, asesinatos, robos, violaciones, enfermedades amenazantes y desconocidas, son lo que presentan en su tanda informativa, intercalándolo sagazmente con noticias sobre los “últimos descubrimientos científicos”.

Esa forma de presentar las noticias crea imágenes en las personas. Imágenes como: “Sí, ahora estamos con lo del ébola … qué horror, cuántas epidemias, cuántas muertes. Afortunadamente tengo todas mis vacunas al día y apenas tengan lista la del ébola correré a inmunizarme, como el soldado obediente que soy”.  

Los médicos, por otra parte, son el andamiaje esencial sobre el que se erige ese fraude, ese crimen de lesa humanidad. Ellos son el brazo armado de las farmacéuticas. Sus armas son el contacto directo con los pacientes y su infalibilidad para conseguir que estos pacientes confíen ciegamente en su conocimiento y experticia.  

A los médicos les enseñan en la universidad a no cuestionar la evidencia y a no desafiar a las eminencias. No en vano los psiquiatras han catalogado la no-conformidad  y el libre pensamiento como enfermedades mentales. Específicamente, los síntomas del Trastorno de Oposición Desafiante (ODD, Oppositional Defiance Disorder) incluyen cuestionamiento a la autoridad, desafío y argumentación constante. Un síndrome “descubierto” por las eminencias del campo de la psiquiatría.

Los estudiantes aprenden a no cuestionar y a reverenciar los artículos que se publican en las revistas científicas. Les enseñan a compensar con arrogancia la falta de habilidad y a pensar que como ellos publican o leen esas revistas, no necesitan oír ni comunicarse con sus pacientes, porque ellos, más que humanos, son dioses infalibles. 

Veamos lo que dicen sus incontestables revistas científicas:

“Se han hecho estimaciones en las que menos del 5 o el 10% de los doctores reportan hospitalizaciones, lesiones, muertes, u otros serios problemas de salud que surgen de la vacunación. El Vaccine Injury Act de 1986 no contiene sanciones legales por no reportar; los doctores pueden rehusarse a reportar sin sufrir consecuencias… Aún así, cada año unos 12.000 reportes se hacen a través del Vaccine Adverse Event Reporting System [VAERS]; tanto los padres como los doctores pueden hacer esos reportes”. [Ver: RT Chen, B. Hibbs, ‘Vaccine safety,’ Pediatric Annals, July 1998: 445-458].

Estamos hablando de que en 1998 se reportaban unos 12.000 casos al año de daños causados por las vacunas. Si sólo reporta el 10%, las cifra ronda los 120.000 casos anuales.

La primera condición para que uno pueda reportar un daño asociado a una vacuna es que uno tiene que saber que las vacunas pueden causar daño. Como “todo el mundo sabe” que las vacunas son seguras, son muy pocos los que logran establecer la conexión entre lo que ven en sus bebés (o en ellos mismos) y las vacunas. Si a eso le añadimos que son pocas las personas que deciden hacer algo ante una situación así, podemos inferir que el número de reportes es bastante inferior a los casos que realmente existen.

Estas cifras y consideraciones pintan un panorama muy diferente al oficial.

Según el panorama oficial las vacunas son eficaces y seguras. Seguras, queriendo decir que no generan reacciones adversas. Seguras, queriendo decir que no generan daños cerebrales. Seguras, negando la existencia de miles y miles de casos de daños irreversibles y muertes generados por varias de las aclamadas vacunas. 

Según el CDC (Centro para el control y prevención de enfermedades de EE.UU.) 1 de cada 56 niños padece autismo. 1 en 56, el 2% de la población infantil. Una cifra absolutamente escalofriante. Especialmente porque el autismo no es otra cosa que un eufemismo para el daño cerebral que generan las vacunas.

Desde una perspectiva legal, el artículo Unanswered Questions from the Vaccine Injury Compensation Program: A Review of Compensated Cases of Vaccine-Induced Brain Injury, de Mary Holland de NYU, es un buen lugar para empezar a entender las múltiples ramificaciones y trampas legales que rodean este macabro asunto.

El título es muy diciente: “Preguntas sin contestar del Programa de compensación de lesiones por vacunas: Revisión de casos compensados por daño cerebral causado por vacunas”. Sí, casos compensados por daño cerebral causado por vacunas. Han compensado casos, lo que quiere decir que varias personas han demandado y han ganado la demanda.

Más allá de lo que puedan leer en todos los artículos, el hecho de que exista un Programa de Compensación por Lesiones por Vacunas es la prueba fehaciente y absolutamente incontestable de que las vacunas han causado daño cerebral. Hay un programa, ergo, son varios los casos, lo suficientemente notorios e importantes. 

“Pero Carolina” —oigo que me dicen—, “¿cómo explicas las múltiples aseveraciones de especialistas y gobernantes que dicen que las vacunas son seguras?”. (1)

Son unos mentirosos.

“¿Y cómo explicas los estudios que así lo confirman?”.

La cita que voy a mostrar puede darles una pista. La autora es una doctora que ha escudriñado más artículos médicos que todos los estudiantes de medicina de Bogotá juntos. La doctora Marcia Angell fue durante 20 años la editora de una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo, el New England Journal of Medicine.

El 15 de enero de 2009, el NY Review of Books publicó la devastadora evaluación que hizo la Dr. Angell sobre la literatura médica:

“Simplemente ya no es posible creer en gran parte de la investigación clínica que se publica, o confiar en el juicio de los médicos de confianza o en las directrices médicas autorizadas. No me alegro de esta conclusión, a la cual llegué lentamente y de mala gana durante mis dos décadas como editora del New England Journal of Medicine. —(Marcia Angell, MD, “Drug Companies & Doctors: A story of Corruption.” NY Review of Books, Jan. 15, 2009).

Desafortunadamente, muchos médicos mienten compulsivamente. Ocultar la verdad es otra forma de mentir. Ignorarla, y actuar sobre las bases de esta ignorancia, no se llama mentir. Se llama neglicencia. Inclusive, negligencia criminal.  

Piénsenlo. Casi nunca hablan sobre efectos secundarios, posibles complicaciones, efectos impredecibles o consecuencias de largo plazo. Por lo menos, en lo que a sus "tratamientos" se refiere. Porque si es para hablar sobre los riesgos de que uno no acceda a seguir sus instrucciones, ahí si no hay quien los calle.

Pruébenlo. Díganle a sus doctores que no están de acuerdo con sus “recomendaciones” y que no las piensan acatar. Me cuentan cómo les va.

Hay demasiada información disponible para los que quieran saber. Investiguen. Lean. Busquen los estudios que respaldan la “seguridad” y “eficacia” de las vacunas. No piensen que los artículos “científicos” sólo pueden entenderlos los especialistas. Eso es lo que ellos quieren que ustedes crean. Exíjanselos a sus pediatras. Requiéranles la evidencia de que lo que ellos recomiendan está demostrado de manera incontrovertible. Y asegúrense de leer los estudios. Nada de confiar en la experiencia, los títulos o el ranking de autoridad.

Tengan en cuenta que cada vez son más tóxicos los ingredientes y que cada vez es más difícil renunciar a las bondades de las vacunas, pues son una política de Estado, practicamente a nivel mundial.

No se trata de atacar las vacunas per sé. Si funcionan, si realmente protegen y mejoran la vida de las personas, los adultos que lo consideren deseable pueden usarlas. ¿Pero realmente funcionan? ¿Representan un riesgo aceptable?

Esa es una pregunta que sólo se puede contestar a nivel individual.

Tengan en cuenta que años y años de propaganda y adoctrinamiento han creado una reverencia absoluta por los avances médicos y la “ciencia” que los respalda, lo que se traduce en una obediencia ciega a lo que recomiendan los especialistas.

Pero la obediencia no tiene nada que ver con el conocimiento. De hecho obedecer y saber son opuestos.

Recuerden que las posibilidades de la mente humana son infinitas. Aprovéchenlas.

Usen su cerebro. Investiguen. Analicen. Dejen de tragar entero. Dejen de confiar en el criterio de los demás. Dejen de limitarse a observar lo que se ve en la superficie. Empápense. Sumérjanse. Lleguen a aguas profundas. Confíen en sus capacidades. Ellas los mantendrán a flote.

Sólo ustedes podrán decidir si les parecen alarmantes los riesgos asociados o si los consideran menudencias deleznables. Pero para decidirlo, informarse es fundamental. En este caso es absolutamente vital.

A continuación les dejo bibliografía relacionada, para los que quieran empezar a cuestionar.

El futuro de sus hijos depende de ustedes.


PORTALES:

Hear this well: Breaking the silence on vaccine violence

http://vactruth.com/

http://www.nvic.org/

http://www.ageofautism.com/

http://vaxtruth.org/

LIBROS:

Callous Disregard

Autism: The Diagnostic, Treatment and Etiology of the Undeniable Epidemic

ARTÏCULOS:

Gran parte de lo que está resaltado en azul a lo largo del escrito son links de artículos.


(1) A partir de esta frase y hasta la cita de la de Dr. Marcia Angell es una traducción levemente modificada de una parte del artículo "The vaccine-autism lie" de Jon Rappoport.

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Comentarios

Imagen de Anonymous

De acuerdo a las evidencias presentadas el problema realmente existe y no tiene la difusión que necesita. Sin embargo, el artículo no examina el escenario de no recibir vacunas. Se tiene información "confiable" sobre niños o personas que no han recibido vacunas? son dos males y debemos elegir el que tenga menor probabilidad de afectarnos? a través del artículo ya sabemos cuales son los riesgos de vacunarse pero cuales son los de no recibir una vacuna?

Imagen de Carolina Contreras

En Alemania llevan varios años recolectando información sobre niños y adultos que no se han vacunado y contrastandola con la de niños y adultos que han recibido vacunas. Te dejo los links. Es un buen lugar para empezar.

El portal es http://www.vaccineinjury.info/

Los resultados de la encuesta para los NO vacunados: http://vaccineinjury.info/results-unvaccinated/results-illnesses.html

Los resultados que están en español: http://vaccineinjury.info/vaccinations-in-general/health-unvaccinated-children/resultados-en-espanol-enfermedades.html

Y lo más importante: en este asunto hay que investigar por cuenta propia. Ir al fondo. Leer los artículos. Buscar las revistas científicas. Leer sobre la historia de la medicina. La pregunta que planteas es compleja y solamente tú puedes contestarla pero, de acuerdo a lo que sé, los riesgos de no vacunarse son muy leves en comparación con los de vacunarse.

 

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